Nunca ver a un muerto.

Nunca ver a un muerto.

25/10/2016
Nunca ver a un muerto.
 
María nunca había visto un muerto ni pensaba hacerlo. Mantenía un récord impecable, casi envidiable, en un país donde los cuerpos aparecen en los lugares menos esperados. Hay quienes, de pura suerte, los encuentran hasta en los postes de luz pero la joven María, por sorprendente que parezca, nunca había tenido esa desdicha.
Era un doce de febrero. Antes de que el sol estuviera despierto, sonó su celular con el tono que a esas horas, solo podía significar algo malo. Del otro lado, su madre le explicaba paciente la situación.
 
El cuerpo tenía más de tres días de descomposición en el piso del cuarto de baño. Si su querido sobrino, el único que se acordaba de visitarlo, no hubiera decidido que ya había pasado suficiente tiempo sin saber de él, tal vez el cuerpo seguiría ahí. Pero la noche del once de febrero, Martín decidió visitar al loco de su tío al que debía su nombre.
 
Después de bañarse y arreglarse con prisas, María salió de su casa junto con el sol. En el camino, fingió escuchar las noticias. No pensaba en nada, no tenía dolor y ninguna tristeza la embargaba, estaba más bien acelerada por terminar con el papeleo lo más pronto posible. Nunca sintió nada por ese tío abuelo al que siempre vio lejano y lo imaginaba, más que loco, un hijo de puta.
 
Martín, el sobrino, tocó varias veces a la puerta antes de sospechar que algo no estaba bien. Su tío era todo un personaje bien conocido por la colonia, nunca trabajó pero heredó una pequeña fortuna que pichicateó toda su vida. Continuó tocando por más de veinte minutos. El tío solía desaparecer por temporadas cortas, la gente decía que estaba loco aunque tal vez solo era peculiar. Era un hombre culto, estudiado, con una opinión sobre todo siempre a la mano y con una soltura del lenguaje que solía ser mal recibida gracias a sus siempre agrios pero aguzados comentarios sobre el resto del mundo. Loco no se sabe pero cabrón, eso siempre fue.
 
María recordó de repente la última vez que lo vio, parecía un vagabundo venido a más con un bastón en mano que utilizaba para ahuyentar a las palomas y a los chiquillos que se le acercaran de más, traía una boina al puro estilo francés y un abrigo largo en medio del verano. Ella lo saludó de lejos mientras paseaba a su hijo por el parque, él sólo atinó a decirle que se veía más gorda. Ahora que lo sabía muerto, su comentario le pareció más gracioso que en aquel momento.
 
Después de cuarenta minutos Martín se desesperó, normalmente no insistiría tanto y haría a su tío en alguna calle de la vecindad, pero un reflejo lejano que se alcanzaba a entrever por la ventana le indicaba que había una luz encendida y dentro de él la curiosidad se iluminaba como un foco. El tío era un tacaño que jamás asestaría en dejar una luz prendida para después pagar una cuenta exorbitante, más de alguna vez el pobre sobrino tuvo que acompañar a su querido pariente a pelear en la Comisión Federal de Electricidad por una cuenta de veinticinco pesos más cara de lo habitual.
 
María llamó a su madre al llegar al centro de ciencias forenses del estado, CCF.  Un familiar tenía que estar ahí lo antes posible para agilizar el trámite. María no lo iba a hacer todo ella, llegaría antes por ser el pariente que vivía más cerca del CCF pero su madre iba a ser la verdadera encargada del proceso que aunque todavía no salía de su casa porque el auto no funcionaba, le insistía a María para que comenzará con la burocracia.
 
Martín llamó a un cerrajero que tardaría entre una y dos horas en llegar, después de treinta minutos se desesperó y arremetió contra la ventana de la cocina situada a un lado de la puerta principal.  No escuchó nada extraño al entrar, caminó decidido hacia la luz y al asomarse al baño encontró el esquelético cuerpo de su tío desnudo boca abajo. No lloró, no gritó, ni siquiera parpadeó más de lo necesario, sacó su teléfono y se alejó del cuerpo para comenzar con la larga lista de llamadas que requiere una situación como esta.
 
El joven que atendió a María era guapo, o por lo menos así le pareció a primera vista. Era simpático y sonriente, ayudó a la impaciente joven con todo el papeleo sin queja alguna. Después de algunas horas, llegó el momento de identificar el cuerpo. María había intentado evitar ese paso desde que comenzó el proceso burocrático, alargó lo que pudo en espera de su madre y la atacó a llamadas no respondidas hasta que el acto era ya inaplazable. Al acercarse a la bolsa negra que contenía el cuerpo de su tío abuelo, el olor a formol y el frío del lugar se adentraron hasta el fondo de su estómago y no pudo contener las arcadas que le provocaron un vómito inconsistente.
 
Después de varias llamadas que se prolongaron por toda la noche, el cuerpo del tío Martín fue llevado al CCF y el sobrino por fin pudo irse a descansar dejando, a través de una última llamada, a su hermana María a cargo del asunto. Esta decidió llamar a su hija homónima para que se adelantara y así todos poder olvidar el suceso.
 
El doctor, o lo que fuera su cargo en el CCF, ayudó a María a salir del edificio y la llevó hasta el estacionamiento a respirar aire con menos olor a muerte. Ahí él la vio pequeña y necesitada y su instinto de hombre mexicano lo llevó a firmar el reconocimiento del pariente sin tener que romper el limpísimo récord de la sobrina del muertito. Ella sintió un alivio gigantesco al verse librada de ese trámite y aceleró todo para poder regresar a casa con su familia y olvidar el incidente.
 
Horas más tarde toda la familia esperaba impaciente en la funeraria el retorno del cuerpo del tío Martín. Llegó él en un féretro verde chillón cargado por dos trabajadores flacuchos que daban la impresión de poder perder el equilibrio en cualquier momento. Parientes lejanos y rostros sin nombre hicieron un círculo para después llenar el ambiente con rezos incomprensibles. Nadie lloró y no llegó ningún desconocido inconsolable a hacer una escena novelesca.
 
Cuatro días antes, el tío Martín se encontró a sí mismo en la banca de un parque, dos policías, de esos que van en bicicleta, lo despertaron y él acertó en contestarles que no valían pa´ pura madre y se encaminó a su hogar. Desayunó cereal con leche claramente podrida, rebuscó entre un monte de periódicos acumulados por varios días, el de la fecha más lejana y comenzó a leerlos uno por uno de manera cronológica. Estaba en la sección de sociales del periódico del día anterior cuando el sonido de unos puñetazos en su puerta lo regresaron a la pequeña cocina. En la puerta, su compadre de toda la vida, José Martín.
 
Casi dada por finalizada la ceremonia, la hermana del difunto insistió en ver a su consanguíneo para despedirse de él. Si nadie quería verle la cara en vida, mucho menos ahora que probablemente estaba destruida por la descomposición. Aún así la vieja insistió en abrir el ataúd para poder decir adiós como dios manda. Las dos Marías se alejaron y Martín acompañó a su madre hasta el féretro.
 
Los dos amigos eran muy parecidos, tanto físicamente como en su forma tan distinguida de vivir, a José MartÍn le habían embargado su casa hace ya dos años y desde entonces vivía de motel en motel, en la calle o en casa de sus allegados más benévolos. Llevaba varios días buscando a Martín para pedirle hospedaje pero este estaba viviendo en la calle y no se encontraron hasta esa mañana. Después de pasar el día discutiendo de política y filosofía, Martín salió a la calle a buscar cigarros, al volver, se percató que había dejado las llaves adentro y después de mucho timbrar, su amigo no respondió al llamado. Desesperado como era, decidió irse a su banca predilecta en el parque y ahí se quedó a dormir.
 
Al levantar la tapa del féretro María Mercedes, la hermana del difunto soltó un gritito casi imperceptible. Dentro de la caja estaba el cuerpo sin vida de José Martín.
 
Al otro lado de la ciudad, Martín le mentaba la madre a su amigo al encontrar, después de tres días, su ventana rota y ningún rastro de su inquilino por ningún lado.
 
Dos años más tarde María fue a visitar a su tío, entró en la casa que desde el incidente no tenía llave y encontró a su tío muerto, desnudo boca abajo en el piso del baño. Martín, el sobrino, se aseguró de verle la cara a su tío antes de comenzar el largo listado de llamadas que proseguían el encuentro de un cuerpo porque no pensaba volver a hacer todo el proceso en vano.
 
 
 
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