El amor sin tiempos ni cóleras.

El amor sin tiempos ni cóleras.

6/01/2017
Y entonces me encuentro a mi mismo en un mar de caras. Justo en medio de un aparador de cuerpos retocados. Y me pregunto: ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué estoy buscando?
Sigo buceando de perfil en perfil. Deslizando hacia la izquierda a todo el que encuentro. Cada vez más exigente. Cada vez menos atento.
Al principio todo era divertido. Conversaciones excitantes. Fotografías diferentes. Este tiene un perrito. Este otro estudia en la misma universidad que yo. Pero ahora solo veo cuerpos. Caras sin personalidad. Ojos sin ventanas al alma. Sonrisas sin sinceridad alguna. Abdómenes planos iguales los unos a los otros. Cabelleras largas o cortas o rubias o negras. Todas iguales.
Alcohol. Él siempre ayuda.
Cuando estoy borracho estoy caliente. Y cuando estoy caliente, no estoy exigente.
Entonces decido empezar una conversación con el primer perfil que me encuentre o el que me parezca interesante en ese momento -no es necesario que sea interesante de verdad- y conversamos de manera directa. Al grano. Sin preámbulos ni introducciones. Sin sonrisas fingidas ni preguntas sin interés. Intercambiamos datos duros. Medidas. Tiempos. Lugares. Ganas. Aguante, fotos. Todo lo que es importante saber en ese momento. Ahora, siento que compro un producto al que, antes que nada, tengo que validar su calidad.
Y tal vez, solo tal vez, si la cantidad de alcohol en el sistema es suficiente. Nos ponemos de acuerdo. Ahora. Tú aquí. Yo ahí. No más preguntas. Y el silencio llega. Otra vez no hay prólogo. Saltamos las presentaciones. Los dos sabemos quién es quién. O no queremos saberlo. Sin escalas al acuerdo. Y pasa. Y me siento mal. Y me siento culpable. Y me gusta. Y me asusta. E intentó bromear para dejar de sentir lo que siento. Y entonces desaparezco. Corro de regreso a mi casa. Y decido escribir. Con culpa. Con miedo. Con vergüenza.
Después de escribir olvido. Después de olvidar retorno. Una vez más, un mar de posibilidades. Un carrusel de caras. Una rueda del infortunio en el amor. Fotos. Mensajes halagadores. Perfiles con datos irrelevantes para atraer a todo el que se pueda. Todo para terminar en un pequeño cuarto a escondidas y corren de ahí sin voltear atrás. Para sentir culpa por la siguiente semana. Porque la sociedad me enseñó que cuando no hay nadie ahí para juzgarme, yo solito puedo hacerlo.
E intento dejar atrás toda la culpa y cuando me siento progresivo de nuevo, me encuentro una vez más entre falsas promesas de amor. En el centro de millones de fotos que medidas en píxeles todas son iguales. Y lo intento. Quiero creer en ese amor perenne que todos prometen. Decido pensar que es verdad lo que me dicen sobre mis ojos, sobre mi sonrisa. Pretendo no juzgar cuando me dicen lo intelectuales que son. O lo deportistas. O que su vida es una canción. Un libro. Una serie. Y aparento que me apasionan nuestras charlas. Que pongo atención a sus letras. A sus fotos. Y todo es un maldito círculo vicioso. Culpa. Ganas. Amor. Necesidad. Querencias. Aventuras. Desventuras. Tropiezos. Más culpa.
Y nunca sé cómo salir de ahí. Del círculo. De la culpa. De juzgarme con los ojos de los demás. De tener miedo. De ser quien soy. Como soy. Como quiero ser. 
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