Palabras que destruyen.

Palabras que destruyen.

11/01/2017
Invierno en Madrid. Yo estaba en puerta del sol. Te acercaste con paso firme hacia mí. Y lo dijiste. ¿Quieres follar?. Y no supe si fue tu sonrisa o tal vez tu mirada o tu franqueza pero dije que sí. ¿Tienes lugar? Caminamos juntos hacia mi departamento. Yo estaba nervioso. Todo el frío de Madrid se tornó en fuego, el que sentía yo por ti. Antes de entrar a mi edificio me soltaste tu tarifa. Así, como quien no quiere la cosa. Así, sin pensar en mis sentimientos, cuando mi corazón estaba a tope y mi cuerpo en camino hacia allá, sacaste a colación un precio. Y otra vez no sé si fueron mis ganas, o mi débil corazón queriendo lo que siempre quiere, o tu sonrisa sincera y tu mirada conmovedora, pero otra vez dije que sí. Entramos al ascensor y ya estabas sobre mí. Nos besamos con fuerzas, con ganas de esas que se sienten y se expanden. Abrimos las puerta y entramos a tropezones. Nos empujamos hasta el sillón más cercano y nos deshicimos de las capas de tela que nos cubrían. Aunque la calefacción estaba apagada, el frío nunca volvió a mí. Lo hicimos sin pensar. Nos dejamos llevar por el momento. Olvidé el precio. Olvidé mi nombre. Desconocí a todo excepto a tu cuerpo. Me sumergí en tus manos, en tus mimos, en tus movimientos, en ti. Me hundí en tus ojos y buceé entre tus brazos, entre tus piernas, en ti. Me bañé en tu boca, nadé en tu saliva y floté sobre tu lengua.
Te esperé día tras día en el mismo lugar. Parado frente a la entrada del metro. Siempre ahí. Siempre para ti. Día a día. A la misma hora. Te acercabas a mí y me volvías a preguntar. ¿Quieres follar? Y yo decía que sí. Con gusto. Con amor. Con necesidad. Con fuerzas. Contigo. Porque desde que te vi, supe que siempre iba a ser contigo, para ti, por ti. Recorrimos mi departamento de esquina a esquina. Nos hicimos el amor en cada centímetro cúbico que encontramos. En cada sillón. En todas las mesas. En todos los azulejos del baño. En cada uno de los tablones del piso. En cada pedazo de mi colchón. Sobre todo mueble. Debajo de todo escondite. Siempre sin palabras. Con miradas. Con risas. Con suspiros. Con orgasmos. Con ruidos. Con pequeños gemidos. Con fuertes gritos de satisfacción. Con amor.
Pero un día llegaron las palabras. Arremetieron en nuestra contra y se colaron hasta nuestro cuarto. Ese que habitamos juntos. Ese que hicimos nuestro y que de repente se convirtió de las palabras, de las charlas, de las conversaciones. Lo primero que dijiste fue que ya no querías cobrar. Y aunque me debería de sentir halagado, me sentí frustrado. Sabía que todo iba a cambiar. Que poco a poco el habla terminaría por apoderarse de nosotros. Que secuestraría nuestra complicidad implícita y nos obligaría a salir de nuestro hogar. Y pasó. La primera vez desayunamos en San Ginés. A los pocos días caminamos de la mano por Fuencarral. Y después cenamos en San Miguel. Hablamos de todo. De nada. Conversamos sobre política y la situación mundial. Platicamos sobre nuestros sueños y aspiraciones. Nos desmoronamos sin darnos cuenta hasta que decidiste que lo querías dejar. Que ya no deseabas vivir del sexo porque querías que yo fuera el único. Que fuera tuyo. Y entonces quise huir. Quise correr de ti. Deseé con todas mis fuerzas reaparecer en la puerta del sol y volver a comenzar. No dejar que las palabras violentaran nuestra intimidad y volver al principio. Cuando no estaban ellas. Esos momentos en los que solo estábamos nosotros dos. Pero fue imposible. Tuve que correr. Sentí la necesidad de dejarte y paré de contestar tus llamadas. Abandoné nuestro punto de encuentro frente al metro y acabé por dejar ese piso que alguna vez fue nuestro.
Los días se convirtieron en meses y los meses se transformaron en años. Era invierno en Madrid y estaba esperando a alguien en la puerta del sol. ¿Quieres follar?. Volteé esperanzado y lleno de temor. Pero no eras tú. Era una versión más joven de ti. Una nueva oportunidad de recomenzar y no dejar que termine. Y no se si fue su sonrisa o tal vez su mirada o su franqueza pero dije que no.
 
 
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