Una carta desde aquí

Una carta desde aquí

23/01/2017
Para ti:
  Te escribo desde aquí, un pequeño pueblo con un nombre que no puedo pronunciar para contarte que recorrí cientos de kilómetros con una mochila en la espalda. Que nadé con tiburones ballena en Holbox y lobos marinos en La Paz. Volé en avión, avioneta, helicóptero, globo aerostático y parachute. Crucé océanos en cruceros y mares en veleros. Avancé en bicicleta por Austria y en patines por Miami. Tomé botellas de vino sentado frente a la torre Eiffel y latas de cerveza en pequeños parques escondidos por Madrid. Tequila en Jalisco y vino en la Rioja. Champagne en Francia y Sidra en el País Vasco. Lambrusco en Italia, pulque en el estado de México, mezcal en Teotitlán, Aguardiente en Antioquia, Sake en Japón y cerveza en Bélgica.
 
Comí hongos alucinógenos en Ámsterdam, chapulines en Oaxaca, cuscús en marruecos, kebabs en Turquía, yogures en Grecia, pizzas en chicago, ñoquis en Italia, paellas en Valencia, gusanos en la Ciudad de México, humus en Estambul, Pintxos en San Sebastián, Macarrons en Toulouse y fideuá en Barcelona, arepas en Bogotá, moros con cristianos en La Habana y salchichas en Alemania. Dormí en tantas camas y conocí tantas habitaciones que ya no recuerdo ninguna. Viajé por tren, por metro, por barco y por avión. En carro, en autobús, en camello y en la caja de un camión. Conocí tantas personas de las que ya no me acuerdo y aprendí a brindar en más de doce idiomas. A beber con desconocidos en las calles de grandes ciudades y bailar en pequeños pueblos. Caminé bajo la lluvia. Corrí sobre la nieve. Anduve bajo el sol. Visité todas las iglesias que me encontré y todos los museos que en mi camino aparecieron. Vi la sagrada familia y el Vaticano, las obras de Diego Rivera en tantos museos que no logro recordar, la venus alada en el Louvre y me salté la Mona Lisa, observé el Guernica en el Reina Sofía y lloré frente a tantas obras que ahora tampoco logro remembrar.
 
Descansé a la sombra de un arrayán y cené en un cementerio en Tzintzuntzan. Recé sin fe. Canté con fuerza. Acompañé a los peregrinos a su destino y grité frente a una iglesia. Recorrí, anduve, caminé, corrí, volé, sobrevolé, nadé, viajé. Amé.
 
Amé la vida y a la gente, la tierra y el cielo. Me enamoré de las sonrisas de tanta gente al pasar y disfruté de las miradas que ayudan a conquistar. Lo hice tal como lo planeamos. Igual que en mi cabeza sucedería. Pisé todos los puntos de los que juntos hablamos y lo hice todo. Lo hice todo sin ti. Comí sin ti. Viajé sin ti. Corrí sin ti. Pedaleé sin ti. Brinqué sin ti. Quise sin ti. Viví sin ti.
 
Tendría que decir que tenerte a mi lado hubiera mejorado todo. Que me hiciste falta en cada momento y que nada mereció la pena por que no estuviste ahí, conmigo. Que te extrañé en cada tramo. Te pensé en cada paso. Te quise en cada viaje. Te necesité en cada cama. Te saboreé en cada comida. Te sentí en toda iglesia. Y te vi en toda playa. Que percibí tu sonrisa en el rostro de alguien más y tu cara en la cama de algún otro. Que necesité de ti en casi todo momento y que mis lágrimas son tuyas. Que mi corazón es tuyo. Que yo soy tuyo.
 
Pero eso es lo que tiene viajar. Eso es lo que tiene vivir. En algún momento, sin darme cuenta, te dejé de llorar. Te dejé de anhelar. Te dejé de desear y comencé a disfrutar. Fue imperceptible. Como pequeños copos de nieve que caen sobre el suelo de Berlín. O los rayos de sol que entran a una habitación en Marrakech. Lento. Sin prisas. En el momento que te percatas que nieva. Todo es blanco. En el momento en el que te das cuenta que amaneció. El sol te pega de golpe en la cara. Y decidí disfrutar el día. Disfrutar la nieve. Querer la vida y estimar la muerte. Dejar de extrañarte.
 
Quisiera decirte te echo de menos. Pero está nevando en Berlín y amanece en Marrakech. 
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