Happy Pills

Happy Pills

9/02/2017
La pastilla, un trago de agua y todo estará bien.
La pastilla, un trago de agua y todo estará mejor.
La pastilla, un trago y todo estará.
La pastilla, un trago.
La pastilla.
 
No quiero ser uno de esos narcodependientes que no pueden vivir sin el consumo de algo que me haga sentir mejor. Lo pienso mientras tomo el último trago de mi coca cola zero de litro. No quiero necesitar algo en mi cuerpo que me llene. Lo digo y doy otra calada a mi cigarro.
 
Tengo miedo de no poder existir sin ella.
O tal vez tengo miedo de solo poder existir con ella.
 
Tengo tantos miedos que solo existen en forma de sentimientos y que no puedo nombrar porque me faltan las palabras, las ganas para entender.
 
Mis días transcurren entre sueños y malos humores. Sueños no de los que te hacen creer que vas a llegar lejos, sueños de los que el cansancio me derrumban en la cama mas cercana, que no siempre es la mía, y no me permite levantarme por días.
 
Pero hay una pastilla que hace que te despiertes, una píldora que monopoliza todos tus sentimientos y cuya mejor descripción, a manera personal, es: gris.
 
La variada paleta de colores a la que llamamos de manera genérica y simbólica vida, se convierte en un monocromo de pensamientos, actitudes y sentimientos de los cuales es difícil salir. Pero funciono y eso es lo que quería no.  O tal vez lo que quería era sentir algo. Y sentir algo que no necesariamente sea desesperanza. Porque ni siquiera soy lo valiente necesario como para sentir una profunda pena.
 
Una profunda tristeza
 
Aventé el cigarro y decidí dormir.
 
Pensar en grandes cantidades me agota. No llego a ninguna solución y mi cuerpo no deja de pensar en dormir hasta que la cama me escupa con vitalidad hacia el mundo.
 
Pero ese momento de vitalidad en el que decido, o mi cama decide que es suficiente y entonces salgo al mundo, a la vida y hago cosas. Así, sin detalles, cosas. Comer, cantar, caminar, conversar, salir cualquier cosa. Nunca llega.
 
Mi alarma suena y es momento de volver a ingerir la píldora.
 
El horizonte parece prometedor por la manera en que lo contemplo pero nada promete. Poco emociona. Poco me emociona.
 
Es gracioso que cuando era pequeño mi madre las llamaba Happy Pills. Cuando, algunas veces, despertaba de mal humor me preguntaba: ya tomaste tus Happy Pills.
Y entonces intentaba volver al camino amarillo de los fármacos y buscaba mi felicidad en cosas simples.
 
No quiero perderme en una pastilla pero me burlo de mí al perderme en la comida. Me desprecio al perderme en el alcohol o en el tabaco. A veces en el sexo o en el ejercicio. En esas pequeñas cosas adictivas por el placer de recordarte que estás vivo, si pones la atención suficiente.
 
Y entonces sufro por no poder entender, por no poder escribir, por no poder sentir.
Me gustaría cerrar este escrito con algo.
Me encantaría poder terminar, darle un fin.
Pero la tristeza, parece, no tiene fin.
 
La pastilla, un trago de agua y todo estará bien.
La pastilla, un trago de agua y todo estará mejor.
La pastilla, un trago y todo estará.
La pastilla, un trago.
La pastilla. 
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