El colibrí y el mar

El colibrí y el mar

1/03/2017
Para Mara Álvarez que
con su plumaje y fulgor
encandila al mundo
con su velo. 


Este era un frágil colibrí que nació del mar.
 
Cuando las aguas del Pacífico se entremezclaron con las del Mar de Cortés sus coloridas alas se formaron.
 
Su cuerpo se moldeó con la arena y la sal del océano.
 
Su cabeza y su pico se concibieron con la danza de las olas.
 
Cuando la corriente que llevaba al colibrí tocó la rocosa costa, la vida llegó a su cuerpo.
 
Los lobos marinos aullaron para saludar al ave y las ballenas se unieron a su canto.
 
Antes de dejar las aguas para nunca volver, el colibrí recolectó una conchita de mar y la llevó siempre consigo. 
 
La pequeña ave voló hacia el desierto y bebió las mieles de vida de la flor de un cactus.
 
Desde ese momento sus diminutas alas no dejaron de revolotear a miles de movimientos por minuto.
 
El cerebro del colibrí también giraba con semejante prisa y estaba siempre alerta de depredadores y otras vulnerabilidades.
 
Iba por el desierto y las playas en busca de piedras preciosas para fortalecer su plumaje con una armadura.
 
Encontró en algún sol una esmeralda entre el desierto y en alguna luna una obsidiana resplandeciente.
 
Llenó poco a poco su cuerpo de un caparazón irrompible que protegía su elemento pero también su esencia.
 
Dentro de su coraza, el alma del ave permanecía intacta e inalterable aunque con muchas ganas de salir a pasear.
 
Pocas noches, cuando el colibrí estaba muy cansado de cargar con su armadura, dejaba a un lado las piedras y liberaba su espíritu para danzar con los cometas.
 
Siempre que el sol amenazaba con exhibirse, el ave remontaba su armadura y retornaba al desierto para continuar su búsqueda.
 
Una tarde gris, sin luces ni sombras el colibrí se dio cuenta que no podía con el peso de sus rocas.
 
Dejó pocas en el suelo pero su miedo lo hizo rebuscar entre la arena para encontrar algunas nuevas.
 
Pasó lunas y soles, noches y días, recolectando y despojándose de pedazos de su armazón aunque siempre terminaba por rellenar los espacios vacíos.
 
Su corazón estaba cada día más cansado de esconderse y latía con ganas de bailar bajo el sol, de cantar con las ballenas, de aullar con los lobos, de nadar.
 
Pero la mente del colibrí no descansaba en ningún momento y no dejaba a su alma salir a deambular.
 
El ave no permitía que otros animales se acercaran a ella, cuando algún ser desconocido se acercaba, esta revoloteaba con más fuerza y desaparecía hacia horizonte.
 
El alma del colibrí se fatigaba de luchar contra la voluntad de su recipiente.
 
Golpeaba con fortaleza el interior del ave y esta lo resentía.
 
Un día que parecía eterno y el calor del verano arremetía contra el colibrí, su alma no soportó el encierro y estalló liberando su cuerpo y su corazón.
 
El plumaje del ave resplandeció con el brillo del sol y atrajo a todos los animales cercanos.
 
Las iguanas la miraron con envidia y las tortugas con recelo, los coyotes aullaron de alegría y zopilotes revolotearon con desconfianza.
 
El colibrí voló libre, vistoso y orgulloso de sus colores y de su fulgor que a todos dejaba maravillados.
 
Siguió coleccionando piedras preciosas que guardó para su propia contemplación entre las rocas de un acantilado.
 
Dejó atrás los ciclos en los que el miedo ganaba sobre su alma y fue su esencia la que decidió siempre por ella.
 
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