Doña Ofelia.

Doña Ofelia.

20/06/2017
Doña Ofelia era mala como las flores.
 
Y por qué las flores son malas, preguntó.
 
Porque nos recuerdan que todas las cosas bellas son efímeras.
 
Doña Ofelia era gruñona como una motocicleta vieja.
 
Doña Ofelia era el demonio.
 
Doña Ofelia era una hija de la chingada.
 
Ofelia era una maldita.
 
La señora era mala.
 
Mala.
 
Él lo miró entretenido por las descripciones detalladas de aquella mujer que atormentó la infancia de su interlocutor.
 
De verdad, era mala como ninguna.
 
Cuando alguno de los niños de la colonia pasaba por su acera mientras ella regaba, se apresuraba a colocar su pulgar sobre la boquilla de la manguera y direccionar el chorro de agua helada hacia el pobre transeúnte que se atreviera a acercarse a sus jardines.
 
Los viejos y los jóvenes, los niños y las madres solteras, los señores y hasta las trabajadoras de limpieza le tenían miedo a doña Ofelia.
 
Algunas veces lanzaba cierto insulto cuando una persona se acercaba a su casa en las tardes que aprovechaba el fresco para quitarse el calor.
 
Otras tantas apresuraba a su perrita Deisi a ladrar hacia los marchantes y los ahuyentaba con grititos que se entremezclaban con los de su diminuto animal.
 
Yo tenía ya veintidós años cuando doña Ofelia murió y tuve que entrar a su casa por primera y última vez.
 
No era nada similar a lo que en mi mente había fantaseado.
 
Era una casa común y corriente, un hogar como todos los demás, llenos de historias y de momentos que se podían sentir en cada rincón.
 
Por qué era tan mala, preguntó.
 
Nadie conocía las razones que obscurecieron su corazón, nadie imaginaba que existían causas para su amargura y que no siempre fue así.
 
¿Y tú si las conociste?
 
Poco sabía de aquella señora hasta el día que entré a su casa para acomodar sus cosas en cajas.
 
Mi mamá la conocía mejor que nadie, habían sido vecinas desde antes de que mis recuerdos fueran historias y habían compartido sus vidas, por lo menos de puerta a puerta.
 
Aunque mi mamá mantenía una relación con la señora, nada evitaba que su maldad atacara también a nuestra familia.
 
En una ocasión que mi carro pasó por unos pocos centímetros hacia su cochera, la mujer colocó clavos debajo de mis llantas para asegurarse de que no volviera a traspasar su propiedad.
 
Cuando era pequeño, las pelotas que caían en su jardín, jamás eran recuperadas.
 
Solíamos jugar a retarnos a poner nuestros juguetes sobre su barda y lanzar piedras para derrumbarlos.
 
En el momento en el que alguno de nuestros cachivaches caía dentro de su jardín, doña Ofelia salía corriendo a tomarlo para nunca verlo una vez más.
 
Ya te digo que era mala como pocas.
 
En raras ocasiones saludaba al pasar y en menores salía de su casa.
 
El repartidor del abarrotes de la esquina, iba una vez a la semana con el pedido de la señora y lo dejaba en su puerta, timbraba y corría.
 
Después de que la mujer hubiera recogido el pedido, dejaba el dinero exacto y el pobre chiquillo volvía con menos miedo a recolectarlo. 
 
¿Y tú le tenías miedo?
 
Claro que le tenía miedo, desde chico mi mamá ahuyentaba las malas decisiones con promesas de vendernos a la doña si no hacíamos nuestros deberes.
 
Después crecí y el temor se convirtió en enojo y el enfado en ataque.
 
Disfrutaba timbrar en su casa y correr hasta el árbol más cercano para verla salir en cólera a descubrir que fue víctima de una broma más.
 
Algunas tardes de juego, llenábamos los balones de futbol con caca de algún perro y los lanzábamos a su jardín para que se ensuciara las manos de mierda.
 
¿Ustedes también eran malos?
 
No tanto como ella, solo regresábamos lo que durante años ella repartió.
 
Los años pasaron y mientras nosotros no hacíamos mas fuertes, doña Ofelia perdía vigor y ganaba cansancio.
 
Las pelotas pasaban largas jornadas en su jardín sin que nadie saliera a juntarlas.
 
Poco a poco los niños de la colonia dejaron de temerle y se aventuraban hasta su jardín a sacar los juguetes caídos o los balones volados.
 
Nada se escuchaba ya de la aterradora doña Ofelia.
 
El repartidor fue el que la encontró.
 
Para aquel momento, la señora se movía en escasos momentos y el joven que le llevaba su mandado, entraba hasta la cocina a acomodarlo una vez por semana.
 
Cuando yo llegué de la universidad y encontré su puerta abierta de par en par, supe que había muerto.
 
Al entrar vi su vida plasmada en los objetos que rodearon su muerte.
 
Floreros viejos y empolvados, relojes en desuso, libros amarillentos, muebles con colores percudidos y al final, en una pequeña mesita, un altar.
 
En medio del altar había una foto de un niño vestido con un pequeño traje de marinero sentado en las piernas de la que alguna vez fue, doña Ofelia.
 
Alrededor de la foto, reconocí muchos de los juguetes que durante años se perdieron en su jardín.
 
Observé en silencio la escena.
 
Salí hasta el jardín y corté una flor.
 
Coloqué la colorida planta en un florero frente a la vieja fotografía y continué en silencio.
 
Ese día supe que las flores eran malas y que como ellas, doña Ofelia también lo fue.
 
Y qué pasó después, preguntó.
 
La vida.
 
La vida pasó y hasta ahora no ha frenado.
 
El joven miró a su abuelo intrigado y después lo abrazó.
 
Ojalá que la vida siga pasando.
square-error.jpg Campos requeridos El formulario no ha sido enviado, favor de verificar los siguientes campos:
← completar formulario