La intimidad de mis letras

La intimidad de mis letras

3/06/2017
Yo, después de un buen polvo escribo.

Y quizás esas letras no tengan sentido para los otros y solo signifiquen para mí.

Son como ese último acostón que solo existen para mi deleite.

La lógica, igual que el inconcluso recuerdo de tus manos sobre mi piel repasando mis pies y mi entrepierna, están solo para mí. Viven exclusivamente para mi asequible satisfacción.

Son como una quesadilla de microondas a las cuatro de la mañana después de seis gin-tonics.

Iguales al incoherente halago que me hace el limpia vidrios de la esquina cuando le doy diez pesos por su servicio.

Parecidos al olor del suavitel en mi ropa cuando estoy lejos de mi casa.

Como masturbarme en público sin que nadie me vea.

Como un chocolate perdido en la nevera que aparece justo cuando lo necesito.

Son tal y como tienen que ser, como una flema que sale despedida sin apuros al otro lado de la habitación.

Como una bolsa de queso rayado.

Subsisten para el goce solitario de mis sábanas donde puedo, sin temor a represalias, morder las uñas de mis manos y mis pies, dormir rodeado de residuos de galletas de nuez,  observar el techo por horas incontables, buscar inmoralidades en forma de preguntas abiertas, gritarle a los viajantes e invitar a desconocidos.

Son pequeños pedazos de mi supervivencia que acompañan mis jornadas en un silencio que apedrea mi bienestar.

Esas letras son el lugar donde disfruto lo indoloro de la vida y donde lloro el sinsabor de lo cotidiano.

El sitio en el que me regocijo con mi inexperiencia y paladeo el abandono.

El único momento de recuento de daños conocidos y por conocer.

Por eso, yo después de un buen polvo escribo.

Antes de que mi sentir se convierta también en polvo.
 
 
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