Del sinsentido de escribir

Del sinsentido de escribir

12/07/2017
Dos líneas que llevan a lo insensato de tus caderas y un margen deshecho por los transeúntes.
Un camino marcado por los marchantes que llevan a una larguísima y delgada recta que va a lo inevitable pero que nadie quiere recorrer.
Tus piernas desenvueltas en la estupidez de un baile.
Tres tambores arrítmicos e incesantes que molestan mi lento despertar.
Una estrella fugaz con forma de sonrisa de mujer.
Flores que forman un corazón asimétrico.
Veintiséis bebidas calientes servidas en diminutos vasos de cartón.
Un sol que muere con el día.
Un desodorante descompuesto lleno de una fuente inagotable e inalcanzable de olor.
Un botecito con uñas de los pies.
Una pintura de tu cara con formas geométricas sin necesidad de usar círculos.
Un calendario azteca.
Un comentario sexista hacia la invalidez del género.
Mis letras que caminan sobre una llanura de desenvoltura desenfrenada y agotante, que avanzan con rapidez sobre el sinsentido de la tierra, se chocan unas con otras y crean ineptos dialectos incomprensibles por lo demás e inalcanzables para su creador, un autor que ahora se descuida entre caminos y se malgasta sobre la tinta de los bolígrafos ilimitados que acotan al que en su mano sostiene la pluma.
El inmortal dolor del malogrado que continúa con apuro una tarea que le fue relegada pero que siente como suya. La estúpida labor de acomodar esas letras que flotan sobre aquel llano y que solo así podrían significar. La necia obligación comprada con poco dinero que sostiene al fallido progenitor de historias en un bucle de autosatisfacción donde el principio se volvió intermedio y el final se convirtió en mentira. Donde crecer nunca estuvo en el diseño aunque el programa rara vez cumpla sus objetivos.
Y así, existe esa travesía que es más bien una senda inconexa entre un yo y el resto de los otros.
Perenne es el abatir de ese trayecto que sin ruta ni itinerario arremete contra el pozo obscuro de la creación y lo embiste entre risas y cigarrillos.
El viaje termina siendo una vaga y tonta semejanza a la caricatura que la mente crea sobre la vida y el inventor finaliza en sí mismo sin anhelo de recomenzar.
Pero no se puede olvidar que un bucle es ilimitado y que aunque quizás se dé la sensación de pequeña satisfacción, la condena incluye un vuelta de hoja.
La hoja lleva directo al preámbulo de aquella crónica de sinsentidos y de ahí el autor emprende su cortísima travesía.
Las palabras se vuelven a repetir hasta que las variantes se agotan, desvío que forma la acotada cosmovisión del escritor que para ese momento se transformó en lectura.
El tonto, como preferiría llamarlo, pasa entonces a analizar sus torpes zancadas cubiertas de irregularidades amistosas, solo para el que las conoce de antemano, y el ciclo se abrevia con cada vuelta pero se dilata de vez en vez.
Los animales son receptáculos de dicha ignorancia y pruebas fehacientes de insuficiencia. No de ellos, si no del bobo.
Que para ese momento ha decidido examinar con demora su quehacer y contrastarlo con la naturaleza.
Que locura la existencia dijo una jirafa desde lo alto mientras masticaba unas hojas de eucalipto, planta que según el escritor es de consumo inherente del koala.
El koala, ese animal que mira todo desde su remota madriguera, se ríe de la insólita capacidad de la jirafa para conversar.
La vía remata una vez más en el tonto, que para aquel momento se habría cansado de sostener la pesada pluma entre sus manos y la habría lanzado hacia el abismo que no era más que su cordura encubierta de habilidad literaria interminable y siempre lista para algún día retomar.
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