Llenar.

Llenar.

29/07/2017
Y metí en mi maleta cuantas sonrisas cupieron, la llené de los brazos de mi madre, una llamada con mi padre.
Acomodé con cuidado los consejos inesperados de mi hermano.
Puse en una pequeña bolsa las recetas de mi familia.
Aquellas con las que se cocina una relación o algunas otras con las que se hornea una amistad.
También aventé en aquella maleta los trozos de un corazón roto que saqué de una caja de recuerdos.
Al lado de ese corazón puse la carta de mi primer amor.
Después llené una capa entera de historias de borracheras, para las noches tristes.
Acomodé metódicamente leyendas, cuentos y recuerdos de viajes pasados, de días pasados, de días vividos.
En la siguiente capa puse una corbata de mi abuelo, el perfume de mi madre y un libro de mi hermana.
También una camisa vieja y llena de pintura que nunca usaría más.
Después rellené de fotos.
Las instantáneas de mi abuela con su peinado alto al salir de misa y las digitales de mis primos en reuniones interminables.
Guardé ahí, las canciones de mi infancia y las de mi adolescencia.
Esas que al escucharlas, una lágrima correría por mi mejilla hasta perderse en mi sonrisa.
Entre canciones, coloqué los abrazos de despedida junto con los de bienvenida, para que se mezclaran entre sí hasta no poder reconocerlos.
Situé mis miedos a la vista para tenerlos controlados.
Del otro lado de la maleta comencé a apilar lugares.
Rincones en mi casa y otros de mi ciudad. Pueblos que mis recuerdos habían distorsionado y otros a los que mi memoria estaba ya acostumbrada.
Cuartos solitarios y salones llenos de amigos. Bares escondidos y otros populares.
Arriba de los lugares amoldé las historias.
Aquellas que leí en viejos libros y otras que escribí en una computadora que nunca volvió a servir.
Las que inventé cuando era un niño o las que creí cuando no había en que imaginar.
Justo después distribuí las caricias.
Las de mis amores, las de todos mis amores.
Una tras otra y en la misma maleta, llené de piel mi equipaje.
Junto con sus caricias acomodé también sus cariños y a un lado de estos, puse finalmente sus partidas.
Todavía más arriba embutí conversaciones.
Las de mi mejor amiga en camino a la escuela y las de mis abuelos en el comedor de su casa.
Ahí acomodé también las discusiones y las entremezclé.
Rellené todo eso con recuerdos.
Todos los que se pueden cargar en un solo bulto y lo cerré con fuerzas.
Cargué esa maleta de aquí para allá y de regreso.
Fui y vine.
Salí y entré.
La cargué en mi espalda y en el baúl de una antigua camioneta, en un avión y en algunos barcos.        
La paseé junto conmigo y la fui complementando con nuevos aditamentos.
Pronto, esa maleta volverá a salir a pasear conmigo.
 
Recordatorio: Los miedos colócalos hasta arriba para siempre tener un ojo sobre ellos.
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