Una palma y un coco

Una palma y un coco

2/07/2017
Las temperaturas llegaban por fin a los treinta y dos grados y la palmera sentía su tronco crecer hacia los cielos. El invierno había sido largo, frío y persistente. La luz solar llenaba sus raíces y sus palmas de energía que poco a poco levantaban su cuerpo. Sus hojas volvían a crecer y bailaban bajo la luz de la cálida luna de junio. El viento resoplaba con dulzura y acariciaba su cuerpo. El palmar revivía con el verano.
La joven palmera conocía sobre la vida en la playa. Había crecido en un invernadero y hace solo un año llegó al palmar en el que ahora estaba. 
La playa era una como cualquier otra. Bueno, una playa mexicana como cualquier otra. El mar era azul y la arena era pálida. Las gaviotas descansaban sobre las palmeras de vez en cuando y en la playa se podían ver algunos animales jugar con las olas.
La palmera era feliz de vivir en la playa. Otras como ella le habían contado en el invernadero lo que significaba vivir sobre la arena y en frente del mar pero ninguna lo había vivido antes. Fue hasta aquel otoño pasado cuando trajeron a esta palmera a continuar su crecimiento frente al paraíso terrenal del que ahora formaba parte como un elemento más del paisaje, cuando se dio cuenta lo que en verdad significaba que el sol despertara sus mañanas.
La vida dentro del vivero donde acumuló centímetros fue simple e insípida.
La vida ahí donde nuestra historia comienza, era placentera y con sabor a brisa de mar.
En aquel verano, la palmera sintió un cosquilleo extraño que nunca antes había percibido. Desde sus raíces, por la misma vía por la que el agua llega hasta sus hojas, un hormigueo incesante acalambró a la palma. Su tronco se llenó del piqueteo y sus hojas se agitaron. Un sabor dulzón pero desabrido, como un agua con un ligero toque de flor, acompañaba aquel picor. El cosquilleo colmaba de excepcional afecto a la palma, se sentía encariñada con el sentir, con el diminuto placer, con el cariño que, de pronto, todo merecía.
Veía a las gaviotas flotar y se ensimismaba en aquel sentir, movía sus raíces para que los cangrejos pudieran pasar entre ellas, bailaba con el vientecillo marino para deleitar a los bañistas.
La palmera se sentía completa con el cosquilleo. Se acostumbraba poco a poco a apreciar el dolor de su sentir. Los días pasaban, la palma crecía y el picor se hacía cada vez mas constante.
A las pocas semanas brotó desde su tronco, muy cerca de sus hojas, un pequeño fruto de forma circular. El primer coco de la temporada salía entre sus ramas y los demás árboles la felicitaron por el logro.
El fruto creció junto con la palmera, sin prisas y a su propio tiempo.
Las semanas continuaron acumulándose y el coco crecía de la mano de la palmera.
Sus cuerpos se unían por un injerto que se fortalecía con el tiempo y un amor imprevisible nació entre los dos.
La palma pasaba sus días y noches cuidando del pequeño coco que se fortalecía de amor y cariño.
El coco pasaba sus días y noches abrazando a la palmera con un amor que se fortalecía con el tiempo.
Se creían parte inherente el uno del otro y las demás palmas esperaban con ansias que sus frutos florecieran.
Pero ninguna lo logró.
Solo se gestó aquel coco enamorado de esa palma y las demás los observaban con desprecio.
Se quisieron en silencio para no molestar a los demás habitantes del palmar. Se acariciaban con el ritmo de las olas y se besaban con el prolongado aullar de los barcos.
Algunas aves se acercaban con desprecio hasta el coco y la palmera e intentaban fastidiar su afecto. Pero era imposible. El coco amaba a la palma y la planta amaba su fruto.
El verano se fue sin avisar y el frío comenzó a calar a las plantas.
Las ballenas siguieron su camino hacia el norte y las aves las acompañaron. Las flores y hojas secas comenzaron a caer.
Los viento se reanimaron y volvieron a soplar.
La noche de la primer tormenta de la temporada. El coco sintió que algo andaba mal.
Se aferró con fuerza al tronco de su amor y se sujetó con idealismo.
Y aunque el amor era fuerte, la naturaleza lo fue más.
El coco se desprendió de la palma y rodó por lo suelos.
La torrencial lluvia lo llevó hasta el mar y las olas lo adentraron a la negrura.
La palma observó con incapacidad la escena e intentó alcanzar a su amante.
Las demás palmeras callaron y miraron.
La lluvia siguió arremetiendo contra el palmar.
Las gotas conformaban segundos, los segundos se hacían charcos y los minutos pequeños ríos. Las horas secaban ya la arena para dar la bienvenida al sol.
La triste palmera se despertó en medio de su soledad y no quiso pronunciar palabra.
Nadie supo qué le pasó a aquella planta. La luna siguiente descubrió al tronco de la palma hecho añicos en el piso. Sus hojas habían volado con el viento persiguiendo a su amor.
Al siguiente verano. Todo el palmar se llenó de cocos que brincaban con alegría y desapego de sus palmeras.
Y nadie recordó jamás la historia de esa palma enamorada de su coco.
square-error.jpg Campos requeridos El formulario no ha sido enviado, favor de verificar los siguientes campos:
← completar formulario