Un óleo en crescendo.

Un óleo en crescendo.

14/09/2017
La imagen era un óleo de colores vivos. Con movimientos simulados aunque parsimoniosos. Era un montaje antiguo que pronto termina. Una pintura tangible del momento exacto que se quería encuadrar. Una sinfonía o quizás una sonata de piano en crescendo. Con cada nota, los desplazamientos son más ágiles, más vivos. Hay una cama de sábanas limpias, blancas como las sonrisas de los personajes en el cuadro. Sobre la cama hay un hombre de barba que ostenta una media sonrisa entre los vellos de su faz. Viste un pijama gris que poco contrasta con los demás tonos de la imagen. A un lado del hombre hay una pareja de ancianos reposando sobre un sillón. Visten colores cálidos. Él, un traje sintético café como el otoño y ella, un vestido azul claro como alguna playa del caribe. Se toman de la mano y miran hacia el lecho en el que reposa el hombre. Ellos también sonríen aunque una pequeña lágrima se alcanza a percibir en el rostro de la mujer. La gota de dolor resplandece en el cuadro sin llamar mucho la atención del espectador.
Justo después de ellos, hay una mujer más joven. Ella viste un saco naranja y sonríe menos que los demás. Su mano sostiene la pequeña mano de un infante que a su vez sujeta la de una niña todavía más joven.
Del otro lado de la cama hay un tercer hombre que se asemeja al que reposa sobre las blancas sábanas. También sonríe entre su barba y mira fijamente al lecho donde reposa el primero quien para este momento de la melodía, parece estar más inquieto y observa con detenimiento a todos los asistentes en esa habitación de tres paredes.
Desde el cuarto muro, el observador asiste al evento sin invitación formal. Su presencia no afecta el acontecer y la pintura continúa como es debido. Los participantes prosiguen el ritual paso por paso. Todo es un ensayo, una prueba que se repite perenne cuando termina, y que recomienza sin dar tiempo a explicaciones. Un bucle.
De la esquina superior derecha aparece un hombre que viste una bata blanca. El personaje aparenta haber estado siempre presente. No interrumpe el ritmo, se une con elegancia y sencillez. Se traslada hasta donde el inquieto hombre con pijama espera con decisión y sus miradas se cruzan tranquilas. Se sonríen, no con un movimiento notable y el espectador advierte la calma. El óleo parece detenerse por unos segundos y los personajes contienen la respiración. El observador junto con ellos.
De una jeringa fluye un líquido incoloro que penetra la piel del hombre de la cama.
En su mirada se observa por primera vez sensatez, se distingue una alegría que antes no estaba presente y el observador ahora se regocija junto con aquel personaje.
Las notas van ahora en diminuendo. La imagen pierde aquellos colores vivos que antes se movían y ahora se transforman en óleos, en aceites con movimientos recortados y aprisionados que dejan al asistente inmóvil.
Los silencios son cada vez más largos y acentuados. Las sonrisas se borran una a una exceptuando la del hombre del pijama y la imagen pierde su cordialidad.
El momento se inmoviliza y los protagonistas se mantienen quietos, hundidos en un silencio que parece arrancar al espectador de su ensueño. La persona detrás de aquella cuarta pared se remueve lentamente en su asiento y se incomoda al sentirse ahora observado. Advierte que es su turno de andar. De reactivar su propio bucle o cambiarse del presente antes de ser consumido por su severidad, por su levedad, por su necesidad.
El asistente se levanta del asiento en el que observó el cuadro y camina sin prisas al siguiente.
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