Ínfimas intimidades infinitas.

Ínfimas intimidades infinitas.

26/10/2017
Y entonces me repito a mí mismo.
Las posibilidades son ínfimas.
Las posibilidades son ínfimas.
Re escribo una tras otra la palabra que mi teléfono auto corrige, como una burla a mis temores, ínfimas por infinitas.
Las posibilidades son ínfimas, me vuelvo a repetir.
 
Las posibilidades son infinitas, leo.
 
Sería realmente raro que pudiera contraer VIH por medio del sexo oral.
¿Hay acaso frase más preestablecida que esta?
Supongo que la habrá.
Pero ya adentrados, o dispuestos a dialogar sobre enfermedades venéreas, dicha frase se ha repetido constantemente en los últimos años.
Incluso escuché en algún programa de radio que para que el contagio fuera posible, tendría que meterme un pene a la boca, o introducir mi boca en una vagina, en determinado caso, justo después de una cirugía de muelas para poder contagiarme. Aún así, en el caso anterior, habría discrepancias en más de un sentido. 
En todo caso, el contagio no sería obligatorio.
 
Las posibilidades son ínfimas.
Tengo que repetir esta frase una y otra vez. Así, con sus letras acomodaditas de manera que suene intelectual y con aires de grandeza, para no sentir que estoy pensando en una posibilidad real.
 
A veces pienso en Jesús después de un orgasmo.
No en el de la Biblia. En mi vecino.
Algunas otras en María. Esta tampoco es de la Biblia aunque su virginidad fuera también cuestionable.
 
Mis amigos me llaman puta.
No sé si es halago o ansias de seguir mi camino.
 
Contraer VIH.
Terrible sentencia que es más bien literaria que médica.
Contraer una enfermedad hasta que ella termina por extraerte a ti y entonces dejas de ser.
 
El sida en la literatura siempre ha sido más bien homosexual.
El sida en mi imaginación, siempre ha resultado más bien anticristiano.
 
Las posibilidades son ínfimas me dije a mí mismo mientras me atragantaba con dos vergas gruesas y negras que me quitaban la respiración sin hacer uso de metáforas.
 
Puta me dirían mis hermanos también.
Puta me llamarían mis padres.
Puta me gritarían en la calle.
O tal vez joto.
O quizás desviado.
O no me llamarían, que podría ser peor.
 
¿Si pago por sexo, sigo siendo yo la puta?
 
¿Por qué tengo tanto miedo al sida?
No es acaso y al final de cuentas un miedo estúpido a morir el que rodea toda enfermedad.
 
No, es la literatura.
Es la canción.
Son las películas.
Es Simón el gran señor.
Y también es Rent.
¿Por qué si todos tenían sida, solo se muere el transexual?
¿Por qué Simón muere solo en la cama de un hospital?
¿Por qué siempre fallecen los diferentes?
¿Se mueren los que se desvían del camino?
¿Por qué todo deriva en muerte?
¿Es acaso el sida el pretexto de la vida misma?
 
Gracias mamá por mi miedo al sexo.
 
Justo después de escupir el flujo vaginal del que se llena mi boca al chupar sin preámbulos el clitoris de María, mi cuerpo se llena de culpa.
 
Culpa que sabe a semen.
 
Culpa con sabor a culo.
 
La culpa sabe a las tortitas de papa que se comen en cuaresma.
 
 Las posibilidades son ínfimas.
 
Repetir el mantra hasta hacerlo realidad.
No importa si lo es o no.
A nadie le interesa la medicina ni la ciencia.
Ninguno de nosotros quiere saber sobre las expectativas de vida de una enfermedad a la que ya no denominan mortal.
Nosotros queremos hablar de dios.
Nos gustaría conversar sobre naturaleza.
Queremos saber si, aunque la posibilidad sea ínfima o infinita, se puede vivir sabiendo.
 
Gracias abuela por las clases de Biblia.
 
El miedo deja un sabor reseco en la garganta parecido al aftertaste de tus pies.
 
Las posibilidades son ínfimas.
 
Otra vez aparece el mentado dicho que hasta ahora me parece cansino y del que quiero deshacerme.
 
De verdad que a nadie le importan las posibilidades. Nadie está leyendo las estadísticas. No hay persona alguna a la que le importe lo que sea. No hay quien preste atención, si es que esta se presta.
A todos nos importa lo que creemos que es.
 
Gracias mamá por tus clases de sexualidad.
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