Recuerdos presentes

Recuerdos presentes

4/01/2018
Mi cara golpea contra la almohada en cada movimiento. Mi respiración permanece tranquila. Él gime cuando arremete contra mí. Arrítmico. Expresa palabras indescifrables que yo no me esfuerzo por interpretar. Me voltea con falsa dulzura y nuestras miradas se cruzan. Mi cabeza gira por inercia hacia otro lado. Observo con dureza el reloj de pared y reparo en cada segundo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Me pregunta si me gusta y yo finjo para complacerlo en busca de un final desesperado.
Por qué me importaría lo que dice si de cualquier manera esto ya lo olvidé. Me abalanzo al simulado placer en busca de apresurar un final. Los segundos avanzan más rápidos al compás de sonidos guturales de deleite ficticio. Uno dos tres cuatro. El flujo apresura al aproximarse el término del recuerdo desaparecido. Lo supuse así desde el comienzo. Al abrir la puerta, preví que la escena tendría que diluirse en el acto para poder continuar con mi día sin imprevistos. Su sonrisa me incomodó desde el tapete de entrada. La luz era tenue a propósito de un montaje impersonal. Me preguntó mi nombre solo entrar y yo lo interpelé con una cerveza. Insistió y yo me denominé Clara. Me arrojé a su entrepierna y él sostuvo mi caída entre sus brazos. Me alzó y acercó su boca hacia mis labios pero yo me volteé con habilidad. Estoy acostumbrada a esto. A que lo esperado sea más vital que lo acontecido y entonces enfrento con resignación inquieta el urgido placer. Me besó el cuello y otra vez me viró frente a él. Su aliento entro por mi boca hasta mis pulmones en una sola respiración y yo sostuve la inhalación aletargada. Volví a desplomarme frente a él para precipitarme a su pantalón y esta vez accedió con agrado. Su olor desaparece como llegó. Está en un pasado inexistente. En una memoria que se borra mientras se conforma. Mi lengua transcurre apresurada por su cuerpo y el sabor se ausenta al tiempo. No advierto gusto alguno aunque lo sé repelente. Por qué me sigo haciendo esto. Es la lotería, la ínfima oportunidad de que el siguiente no sea una evocación impalpable, la que me mantiene en el recreo del azar. Una remembranza, quizás a futuro, de un trance digno de permanecer en mi recuerdo. Un nombre que no se ausente al pronunciarlo. Una caricia que permanezca en lugar de desertar. Un lengüetazo que latiguee perseverante. Un susurro con ansias de atesorar. Uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho. Los segundos se suceden en el desenfreno del final pronosticado. Una vez más su lengua me asalta y yo la esquivo hacia su oreja. Ahora soy yo la que gimo rezando sin palabras una consumación. Lo estrujo con brío desaforado y el esperado instante concluye al fin. A qué momento me refería justo ahora. Recoge sus ropas y yo me tiendo plácida sobre la cama. Él ya no está presente mientras se despide. Un último mimo. Adiós. Quién era acaso esa persona que cruzó el portal, un desconocido en busca de semejantes placeres. El portazo se va y el recuerdo se disuelve en una taza de café frío. 
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