Un foco en la cocina

Un foco en la cocina

9/02/2018
No me había percatado que mi congelador carecía de foco. Fue hasta esa tarde, en que el frío me antojó un sándwich de helado, que caí en cuenta de la falta de luz entre mis hielos. Sabía que la parte de abajo, el refrigerador que de noche abro en busca de agua, efectivamente tenía un foco amarillento que ilumina mis deseos nocturnos. Pero el congelador parece no tener uno. Esa tarde, el foco que alumbra mi cocina estaba fundido, tres días de espera llevaba hasta aquel momento. De espera absurda. De atenta perseverancia a que el timbre de mi departamento sonara y que al abrir la puerta, estuviera el superintendente listo para cambiar el fundido farol. Pensaba, ya para ese momento, que quizás debería conseguir una pequeña escalerita que me ayudara a llegar hasta el techo de mi cocina y quitar la pieza de vidrio esmerilado que opaca el foco que en su interior tendría que estar funcionado y cambiar el bombillo para retornar la luz a mi cocina. Imaginaba también, que podría reacomodar las cosas en mi congelador en busca de una fuente de luz también agotada por el uso y cambiar aquel foco también. Pero no lo hice. Ni lo uno ni lo otro. Tomé el sándwich de galleta sabor chocolate rellena de helado de vainilla y volví a mi colchón con el aperitivo entre mis manos. Me recosté una vez más. De la misma manera en la que estaba justo antes de levantarme y rodé sobre los resortes de mi vieja cama. Al terminar mi tentempié, aventé la envoltura a un lado y giré otra vez más en el colchón. Así estuve los siguientes días. Dando vueltas sobre un rectángulo confortante en espera de mi foco. De mis focos. De un cambio en la luz de mi departamento. Un leve viraje que me levantase de ahí. Un timbre quizás. O un golpe seco en la puerta. Un sonido que significara que detrás de la madera hay otra vez luz. Un destello flagrante de electricidad que me saque de un movimiento de ese espacio de entremedio. Los días se suceden sin luz. Sin que el foco de mi cocina se arregle. Sin que el foco de mi congelador se revele. Sin que el foco de mi habitación se ilumine. Sin focos. Sin luz. Sin obscuridad. Permanecen, los días, en un nubarrón bajo que llena mi departamento. Una lluvia delicada que moja mis párpados sin hundirlos. Se prolongan, en un vaho interminable. La nevera se vacía. Los cajones se amplían. Las sábanas se anidan de migajas de galleta de chocolate. Y la iluminación persiste mortecina casi plomiza. El hambre me desatiende de la niebla y me hace salir de entre mis paredes. Me abrigo, aunque ante el frío me crea inmune. Y, acompañado de la llovizna, me encamino hasta una tienda. La más cercana. Donde renuevo mi contrato con los alimentos. En un zigzag ensayado recorro los pasillos y atiborro el carrito de compras. Vuelvo entonces a llenar los cajones, la nevera y las estanterías. Aprovecho el poderío y limpio sin música los pisos. Vuelvo las cosas a su lugar original. Restriego el baño y los platos sucios. Aviento la ropa que tapiza el suelo a la bolsa correspondiente. Enciendo la luz de la habitación. Paso la escoba por donde antes había telas y después un trapeador. Me fatigo. En un intento desesperado, ordeno mis libros. Sin terminar me extiendo hasta la cama. Me vuelco al rotar. Ignoro, arbitrariamente, que la luz permanece igual. Que el foco permanece igual. Y me alargo. Ahora, solo tengo una lamparita lastimera que trasladé de mi escritorio a la cocina para encender mi hambre de luz. Y yo, estoy a la espera ansiosa de que ese foco también se ahogue y ya no me queden más de dónde echar mano. De que se extingan las posibilidades. Se apacigüen las candelarias. Se sofoquen las lamparitas.
 
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