Ciudades de cristal

Ciudades de cristal

21/05/2018
Frente a mi ventana, si me pego mucho al vidrio alcanzo a ver, sin mover la mirada fija en el centro, una decena de ventanas iguales a las mías que le dan la cara, o quizás la espalda a mi propia faz. Si miro hacia los lados, si miro de arriba a abajo, alcanzo a ver otras decena de ventanitas. Son pantallas a otro lugar. Como imágenes, normalmente inmóviles, de mundos que convergen con el mío a la distancia. Ciudades enteras detrás de un vidrio. Miradas desconectadas. Veo seis aires acondicionados que tapan un tercio de sus ventanas. Cortinas de distintos colores. Unas rojas que quedan a la altura justa de mi cabeza. Una rosada con estampado infantil justo a la izquierda de las anteriores. Arriba hay una blanca con líneas azules, a un lado de esa, una muy pequeña, blanca también, con encaje no muy estilizado. En esa misma ventana salen plantas de amplias hojas verde azul. Más arriba unas persianas grises claro. Y en la última línea, dos cortinas de lino con un wind chime de metal. En las tardes pienso en las ciudades detrás del cristal. En sus ojos que me observan como cuando yo hago lo mismo hacia su dirección. Cuando me masturbo pienso siempre aunque por pocos segundos, en esas caras que me atraen al precipicio. En rocas de un acantilado de cemento liso. De mi lado hay dos cortinas que se mantienen siempre abiertas, con la excepcion de mis viajes en los que prefiero dejarlas cerradas para evitar un témpano que profundice mi ausencia. Si me acerco más al vidrio de mi propia aduana, veo las demás. Veo una escalera para incendios de metal negro. Veo más cortinas y más pantallas. Menos movimientos. Mas imaginaciones. Pienso en las vidas de quienes residen ante mí. ¿Acaso ellos repararán en mí? ¿Acaso tendrán una cuenta de todas las personas que entran y salen de mi ciudad? Sabrán, a diferencia de mí, ¿cuántas veces he tenido sexo en el último mes? Algunas tardes soleadas más de una persona me ha preguntado si no me molesta que me vean. A mí me da igual, es siempre mi respuesta. A ellos también. Hoy por primera ves decidí cerrar mis cortinas ante sus ojos. No sé si realmente alguien me vería, no sé ni siquiera si a alguien le importará que yo me masturbe ante ellos. Quizás no. Pero hoy, frente a mí, por primera vez hay una ventana semi abierta. Eso significó suficiente para mí. Eso me dijo que alguien está ahí. Eso me afirmó que, aunque normalmente no necesiten asomarse por la ventana, hoy sí lo harían en el momento que decidan que fue suficiente el viento que entró o el olor que salió por ese orificio impuesto por sus deseos. La ventana sigue así, abierta todavía mientras escribo. Mis cortinas otra vez están detenidas por un listón. Amplias. Despejadas. Conmigo al descubierto para cualquier intruso sin documentos que quiera asomarse a mi diminuta ciudad. La mía es más bien una villa. Una pequeña y cuadrada de paredes blancas con recuerdos recientes. Con una lámpara en forma de alpaca. Con un aire acondicionado que solo está ahí los veranos. Con un librero demasiado lleno. Con un cactus que en primavera sale a tomar el sol. Y estoy yo. Siempre estoy yo. Viendo el mundo desde mi cristal. Viendo sus vidas inmóviles pasar desapercibidas desde el palco. Contemplando las luces de sus programas de televisión favoritos. Escuchando con atención el boom de sus sonidos. El eco de sus pasiones. De verdad que no dejo de preguntarme acerca de lo que pensarán al verme. No dejo de preguntarme si siquiera me miran. En mi cocina hay también una ventana. Una pequeña que carece de cortina y que nunca abro. Está pegada, a solo unos cuantos centímetros de otra de la que puedo ver poco por la posición. A un lado, a escasos centímetros de la segunda, hay otra donde hace apenas unos días vi a alguien leer en su cama. Fue un instante, el más vivo que he tenido desde que llegué aquí. Mi vida se cruzó con la de un desconocido del que nunca sabré más de lo que me dice su imagen. Intenté hacer memoria para saber si lo he visto en alguna otra ocasión. Quizás en el parque donde a veces leo. O tal vez en la lavandería de la esquina donde dejo mi ropa una vez por semana. No lo logré. Me paralizó la idea de que mi apartamento estuviera tan cerca del de otro. Me entumeció creer que su mirada atravesaría mi cristal y entraría hasta mi cama donde paso mis horas leyendo viendo películas masturbándome o teniendo encuentros con otros desconocidos. Pero a él no lo invité a pasar. Él no tiene el permiso sellado de adentrarse en mi vida y la falta es tan grande que me atormenta. Intenté no reposar mis ojos en él. Volteé con una rapidez falsificada y continué mi quehacer. Pero sentía su cuerpo perforar las paredes. Imaginaba su curiosidad aposentarse en el sillón. Apagué la luz y calculé por un momento acercarme hasta la ventana cauteloso, con las luces todavía apagadas y ser yo el que atravesara hasta su habitación. Me supuse entre sus sábanas, escondido para saber más. Detrás de sus hombros para leer lo que él lee. Debajo de su colchón para escuchar su respiración al excitarse. Decidí no volver a la cocina. Cené lo que alcancé a tomar del refrigerador porque no está del lado de la ventana y no volví la mirada. Más tarde cuando dejé los platos sucios en el lavabo. Mi curiosidad volvió a pasearse hasta allá y se encontró con una cortina cerrada. El muro de tela me absorbió y me dejó inaccesible. Después, un día más o quizás dos, volví a verlo ahí, leyendo. Esa vez no dejé que la inmovilidad de su intromisión me abrumara y proseguí con mis movimientos como en el ensayo de una obra sin sonido. Desde entonces hago grandes esfuerzos por no voltear. Me encuentro a mí mismo moviéndome con una gracia forzada. Como la de quien se encuentra frente a una cámara que registra todo desplazamiento. Cuando la noche llega veo las luces encenderse una a una. Veo sus ciudades despertar bajo los focos y los deseo danzar. La noche se atraganta las paredes externas del edificio y solo deja la silueta de las ventanas que se iluminan desde el interior. Entonces las sombras se pasean entre las cortinas. Bailan baladas que solo escucho en mi cabeza. Escucho también los pasos de la ciudad que vive encima de la mía. Escucho las sirenas de un policía. Las notas de otros lugar. En mi ventana viven, en ocasiones, tres palomas cafés. Son regordetas. Alguna vez las nombré por un grupo de amigos que despertó conmigo después de una fiesta y que también eran tres. Ahora no les tengo un nombre. Se perdieron cuando ellos junto con ellos. Pero las palomas siguen aquí. En mi ventana. Algunas mañanas intento no acercarme al vidrio para no ahuyentarlas. Las noches de lluvia las veo acurrucarse unas con otras y en contra del cristal para buscar el calor de mi apartamento. Pero ellas no viven aquí. Ellas son de otra ciudad. Una que no está hecha de ventanas. Una en la que a veces yo también paseo. Una que no es la mía. No es la de ellas. En realidad no es de nadie. Es otra. No es de cristal. No es de personas. Es tal vez de historias. De momentos. De los que no tienen techo y buscan los basureros más limpios. De los que no pudieron encontrar una llave. De los que no se pueden esconder detrás de una cortina. 
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