Solo una llamada

Solo una llamada

9/09/2018
Me estaba preguntando por mi debilidad ante el drama innecesario. A veces pienso que son mis ganas de ser por siempre adolescente. Por buscar una pasión longtime lost que dejé no sé dónde. Entonces me llamas. Son las dos de la mañana. Yo estoy en nueva york y tú. Tú estás en algún lado. Nunca sé exactamente dónde estás. A veces me lo dices. Y te escucho. Y pienso que conozco las calles de las que me hablas. Que conozco tu carro. Que conozco tu casa. Tu cama. Hasta tu perro. Pero no sé dónde estás. A veces me mandas fotos y reconozco tu cara. Reconozco la gente que tienes cerca. Sé sus nombres. Sus direcciones. De algunos sus teléfonos. Pero no sé quiénes son. No sé quién eres. Es raro, sabes. Porque yo soy el chico de las certezas. El que dice saberlo todo siempre y el que se siente bajo control, en escudriño holístico de mis deseos. Pero veo tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Y estoy con mis amigos. Con gente que no sabe ni que existes. Y me preguntan quién es. Y no sé qué contestar. Y mis manos tiemblan de una manera ridícula. Y mi cabeza da más vueltas de las que ya daba con la cerveza. Y contesto. Y te escucho. Estás borracho. Esa voz sí la conozco. La he oído. Sé que es tuya. Y todo es como antes. Y no ha pasado ni un día. Pero yo voy en un taxi de Brooklyn a Manhattan. Tú estás en tu carro manejando a tu casa. No manejes borracho. Tu risa es la misma. Te comes las os. Y cierras mucho las as. Es el alcohol. Y las cervezas se me diluyen. Y veo las luces de esta ciudad y pienso. Pienso en ti. Pero sobre todo en mí. En quién fui cuando estuve contigo. Me dices que crees que yo soy tu hilo rojo. Sí, sé de qué hablas. Lo leí por ahí. Pues ese eres tú. Y yo te pongo atención. Siempre. Me lo has dicho de varias maneras. Nuestra última noche juntos -cuando en realidad ni siquiera estábamos juntos- me dijiste sobre una princesa y su enamorado. Me contaste que se perseguían por muchas vidas pero que no lograban estar juntos en ninguna. Y también me afirmaste que yo era ese príncipe. O esa princesa. Da lo mismo. Y que me ibas a seguir en otras vidas. Y a mí me pareció ridículo. Me parece ridículo. Y antes también me contaste de una hormiga. Una hormiga que amaba. No recuerdo a quién amaba. Pero en aquella conversación yo era la hormiga y tú. Tú no sé quién eras porque nunca lo he sabido. El Manhattan bridge. Hablamos sobre los viejos tiempos. «Los viejos tiempos». No me acordaba. Yo siempre me acuerdo. Bueno, si de acordarse se trata, me acuerdo, solo ya no lo pienso. Yo siempre lo pienso. Y no te entiendo. No entiendo por qué crees que hay un hilo rojo. No alcanzo a comprender si te jala tanto, si se estira tan poco, por qué no estás en mi calle cuando me bajo del taxi. Hoy la temperatura por fin desciende. Se siente el otoño acercarse. Y lo digo. Y recapacito en que tu ciudad no tiene estaciones. Tu ciudad. No la nuestra. No la mía. Solo tuya. Porque la mía es la de acá. Porque yo ya estoy en mi ciudad. Y otra vez medito nuestras diferencias. Te lo dejo saber. Hace tantas vidas. Nos hemos buscado demasiado para una sola. Tal vez nos hemos buscado muy poco para tantas. Y sonrío. No puedo evitarlo. Pero es lo que digo, el drama de la adolescencia. La búsqueda de una intensidad difuminada. De repente caigo en cuenta. Las cervezas se evaporaron y pienso con claridad. Hace rato que te dije que te odio, no es verdad, no te odio, no puedo odiarte. Era otra persona la que sentía eso. Yo ya no. Yo ya dejé de ser ese niño al que lastimaste y bueno, si lo veo desde aquí, con calma, con claridad, realmente nada importa. Pero sí importa, me aseguras. Y yo creo que no. Lo repaso y confirmo que no. Que de verdad no importa. Y tu sonrisa ya no es la misma. La escucho y no lo es. Quiero saber por dónde vas y me lo dices. Y te pido cinco minutos en lo que subo a mi casa. Sabes, siempre he odiado que me pidas tiempo en nuestras llamadas, creo que son celos de pensar que estás hablando con alguien más. Y me río. No tiene sentido. Si existiera una lista de derechos a los que la gente solo tiene acceso por esfuerzo, tú este no lo tendrías. Nadie te daría el permiso de sentir celos. Nadie per sobre todo yo no. Y me repites que siempre fui injusto. Y te doy la razón. Porque la tienes. Pero ya no soy ese. No creo en el amor, te digo. No creo en la fidelidad. Y rememoras todas las veces que lo he dicho. Y yo mismo me ridiculizo al pensarlo. Porque suena pueril cuando te lo digo a ti. Me infantilizas, pienso. No en serio, es por la concepción heteropatriarcal de las relaciones humanas en las que las personas te pertenecen. Y me dejo ir por unos segundos hablando de eso. Y todo lo que quiero es no sentirme el mismo. Pero no puedo. Me aseguras que no he cambiado. Y tal vez tengas razón. Soy el mismo. Digo lo mismo. No con las mismas palabras pero lo digo. Lo importante es lo que sienta. Y yo siento que no lo soy. Y no quiero escucharte. Te extraño. Lo sé. Pero de qué sirve. Aquella noche, la última, esa en la que me dijiste que yo era un princesa, me quedé con algo que decirte. Y es que todo lo que pensaba era que si nos vamos a perseguir por muchas vidas, por qué no mejor lo intentábamos en esta. Y te lo dejo saber. Y me cuestionas mi silencio en los últimos dos años. Y te repito, para qué. Y ahora menos. Porque ahora yo estoy acá. Y tú estás allá. Me preguntas que cuándo te voy a invitar a mi casa. Y confieso que siempre he querido. Que fue de las primeras cosas que pensé al llegar a esta ciudad. Y que calculé la última vez que viniste, por tus fotos, y supe que no. Que no ibas a venir. Pero ahora me interpelas. Y yo repito. Ven. Y me dices ok. Mientras en mi mente yo también me cuestiono. Para qué. De qué sirve todo esto. Sabes, aquella vez fue como cerrar un ciclo. Y qué haces aquí volviéndolo a abrir. No lo sé. Pues yo tampoco. Y el silencio. Y saco una cerveza del refrigerador. Y tomamos cada uno de un lado del teléfono. Y todo está bien. Son segundos, pequeños momentos en los que pienso, te extraño. Pero no es verdad. Extraño a alguien más. Extraño el momento. Extraño una vida simple que yo agravaba por insistencia. Echo de menos algo pero tampoco sé muy bien qué sea. Porque yo, ahora, estoy a muchas vidas de eso. Porque yo ya pasé por tantas y tantas y tú. Bueno, tú no lo sé. Quizás también. Los silencios se alargan. Te quiero. Así los llenas. Así los has llenado siempre. Me confirmas, porque parece no ser suficiente, que soy de las pocas personas a las que les dices te quero y lo significas. Y yo callo. Te quiero. Y yo contesto. Por inercia. Por un movimiento conocido. Yo también. ¿En serio?. No lo sé, supongo que no contestaría una llamada a estas horas si no fuera ese el caso. Y los silencios parecen ser demasiados. Quiero que vengas a mi casa. Y te escucho. Y me encantaría decirte que sí. Que ahí voy. Pero no te voy a mentir. No quiero ser ese. Y entonces te digo que no sé cuándo volveré. Y pienso en los demás. En todos los hombres a los que les he dicho que regresaré pronto. Y cierro la puerta al salir y no volteo atrás. Y no me arrepiento. Porque dejé de arrepentirme. Hace rato te dije que lo que mas envidiaba de ti era que tú no tenías arrepentimientos. Y es gracioso porque me afirmas que no, que no tienes alguno. Pero tus llamadas, después de ocho años me dicen lo contrario. Quiero recordar la última vez que yo te marqué. Y que fue un error en realidad. Unas ganas incontrolables de volver a sentir algo. Y no eras tú lo que me importaba. Era tu discurso. Tu interminable manera de pensar que estamos hechos el uno para el otro. Tus llantos nocturnos. Tus treinta y cinco llamadas a mi casa. Pero a ti no. A ti no te buscaba. A ti te dejé de buscar hace mucho. Lo raro, pienso, es que cada vez que tú vuelves, te dejo entrar. Te abro la puerta sin pensarlo. Te dejo siempre una ventana abierta por si quieres subir por las escaleras de incendio. Y pienso que tal vez tú serías el incendio. Y que yo me dejaría quemar por ti. Y digo, soy tonto. Y no preguntas el por qué. Lo sabes. Un trago más a la cerveza. Y escucho las ambulancias pasar a lo lejos. El silencio de tu lado. Te quiero. Lo dices una vez más y sé que es la última. Por ahora, en el mejor de los casos. Y nos despedimos. Y me pides que yo cuelgue. Porque somos otra vez esos niños. Y yo no quiero. Y nadie cuelga y el silencio solo se expande. Y yo me comprimo. Y me despido, esta vez sí voy a colgar. Y lo hago. Y el silencio de esta ciudad es peor que el de tu lado del teléfono. Y me quedo ahí. Pensando. Esperando que la cerveza se acabe. Viendo por la ventana la noche suceder. Observando mi reflejo regresándome miradas con atención. 
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